Esta vida loca del título de la cinta para algunos ya es el pasarse el alto o salir de un bar a las doce de la noche y tener la travesura de seguir tomando en otro lado, y a veces hasta estos “locos” al otro día tienen que trabajar, realmente unos “freaks”.
Para las personas que Christian Poveda acompaña en esta película, que el mismo director nunca vio estrenarse en cines de El Salvador, la vida loca es la cotidianidad. Es un vivir constante con la muerte, con violencia, drogas, familias separadas, la cárcel, la represión policiaca y entre ellos mismos. Y esta misma muerte es la que marca el ritmo de la película y la que le da estructura. Y cada determinado momento se escuchan uno balazos lejanos y después solamente vemos ataúdes, médicos forenses ya acostumbrados a recoger cadáveres o policías con guantes anti-sida, que recogen los cadáveres con reproche.
Al mismo tiempo la gran ventaja del documental “La vida loca” es que la muerte, los asesinatos y la sangre no son los elementos principales de la película. Muertes, sangre etc. ya nos las pasan bastante en la tele y Christian Poveda nos deja en paz con historia sensacionalistas y amarillistas. Para él lo importante son los pandilleros a los cuales se pudo acercar durante cuatro años (y después también para él la muerte) con la pandilla Mara 18, una de las dos grandes pandillas de los Maras existentes en América Latina y los Estados Unidos. Poveda realmente se interesa por las personas que documenta, en su mayoría jóvenes de 13-17 años. Vivió entre ellos antes de hacer su película, entrevistó a 170 Maras para conocerlos y para que ellos le tuvieran la confianza de trabajar con él. El resultado es un documental que logra una gran intimidad y es un documental completamente comprometido con los Maras. Comprometido no en el sentido de que el director comparta sus ideas, pero las hace entendibles. El mismo Poveda en una entrevista decía: “No creo en esa frase bien gringa que dice born to kill, nacido para matar. Un niño no nace para matar: hay circunstancias que lo llevan a eso. Hay algo grave en esta sociedad, porque no son casos aislados: hay miles y miles.” (Estas y otra citas en: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-5565-2009-09-20.html)
Las maras nacen en los años 80´s en barrios de Los Ángeles. A comienzos de los ’80, como consecuencia de la guerra civil entre las fuerzas armadas gubernamentales y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, unos 200.000 salvadoreños se refugiaron en Estados Unidos, la mayoría en Los Ángeles. “Cayeron en barrios de pandillas chicanas, bastante tradicionales ahí. Y muchos ex integrantes de los escuadrones de la muerte y desertores del ejército y la guerrilla salvadoreños, gente con experiencia militar, se organizaron e hicieron una pandilla, en principio para defenderse. Y poco a poco se convirtieron, allí mismo, en una de las principales. Con los años hubo una pelea entre dos jefes por una mujer: terminaron matándose, los dos. Y entonces se dividieron: quedó la Mara Salvatrucha y hubo un sector que se salió e integra una pandilla chiquita, chicana, que estaba moribunda, y la reactivan. Como estaba localizada en la calle 18 de Los Ángeles se llamó así. En 1992, cuando la guerra terminó, Estados Unidos facilitó el regreso de los salvadoreños poniendo a disposición aviones y dinero, pero además abrieron las cárceles y mandaron de vuelta a los jóvenes que estaban presos. Nunca hubo pandillas en El Salvador, pero los que volvieron reconstituyeron las maras y la guerra que llevan entre ellas. Recogieron, además, muchos huérfanos de la guerra. Hoy son unos 15.000, tienen entre 12 y 25 años y siembran el terror en el país.”
La población de El Salvador es de 5.744.000 habitantes. Cada día se cometen diez homicidios: es el país más densamente poblado de América latina y uno de los más violentos. Cada día mueren, en enfrentamientos, cinco Maras. Poveda entrevistó y retrató a 190 antes de escoger a quiénes seguirían para el documental: el 70 por ciento eran huérfanos de un padre o de los dos. Los abandonan, se van a trabajar a Estados Unidos, los dejan con abuelos o tíos. “Ellos se consideran guerreros de una. Los que no pertenecen a las pandillas son ‘civiles’. Tienen organizaciones muy estrictas, con reglas muy fijas: el que se aparta se la juega. No le dan valor a la vida: la única cosa es sobrevivir el día a día y pelear para la pandilla. La gran mayoría no pasa de los 20. Los más viejos son los que van a la cárcel.” Y Poveda nos acerca a esta tribu, con todos sus rituales. Se ven grupos muy unidos, formados como pequeñas guerrillas o grupos militares.
Al vivir en una sociedad que no les ofrece nada, en las Maras buscan diversión, cariño, auto-estima y unión. Una unión muy frágil y autoritaria, como también lo muestra el documental en ritos de iniciación para entrar a la mara o en los rezos en los sepulcros de los compañeros, que pasan muy seguido. Y fuera de esta unión está todo lo que no es cien por cien “mara”, el que se quiere salir es traidor y le espera la muerte segura. Y los más grandes enemigos son los de la otra mara, la Salvatrucha.
La cámara siempre está cerca de los protagonistas y Poveda logra a través del ojo de la cámara que se sienta empatía para los protagonistas. Y la fuerza del estado nos es mostrado como algo fuera, como algo del otro mundo.
En El Salvador, Honduras y Guatemala los gobiernos de derecha, al igual que los gobiernos locales en Los Ángeles o Nueva York en los ochentas han optado por la pura represión contra las maras. Es una sociedad que no sabe que hacer con estos chavos, lo único que saben hacer es mostrar fuerza y autoridad. Incluso cuando un pandillero “veterano” inicia un proyecto para terminar este círculo vicioso de violencia lo único con que responde el gobierno es la represión y la prisión. Habrá que ver como siguen las cosas en la política de El Salvador, en donde el año pasado un gobierno de izquierda llegó al poder.
En una escena una jueza dice “yo no estoy aquí para juzgar la pobreza, estoy aquí para hacer valer la ley y las reglas de buena convivencia.” Pero estas reglas no funcionan porque está algo, que está encima de estas normas: la pobreza tanto material y (quizá aún más) emocional de los pandilleros. Ellos tampoco están aquí para ser juzgados, están aquí para sobrevivir y para esto piensan que la muerte de otros es la mejor forma de lograrlo. Después de haber logrado que todos estén fuera de pobrezas podemos hablar de reglas sociales y leyes.
Para Poveda esta película no es válida solamente para El Salvador sino es universal: “Cuando se margina a una parte de la población surgen estas cosas. En Francia, el 70 por ciento de la delincuencia juvenil proviene de la inmigración, y esto es consecuencia de las malas políticas que se llevan desde hace 40 años. No se ha llegado a lo que pasa en El Salvador, pero la violencia está creciendo mucho. Hasta hace muy poco en Francia no había homicidios por armas de fuego, y son cosas que ahora aparecen en las pandillas. Y esto también va a aparecer en España si no hacen un trabajo político y social de integración. Quizá dentro de 15 o 20 años habrá pandilleros del tipo salvadoreño en Europa”. Sea como sea, hablar de una vida loca para Ricky Martin es una locura cínica y no cambiar por completo esta sociedad para darle una oportunidad a gente como la documentada en esta cinta también.